jueves, 30 de junio de 2016

EL GRANJERO DE LOS MOLINOS

En la vida, pese a las dificultades, uno debe sembrar porque en el momento más inesperado, recogerá el fruto.

jueves, 23 de junio de 2016

SANTA MARINA-MARINO

Basada en La leyenda dorada de Santiago de la Vorágine

lunes, 6 de junio de 2016

SANTA PAULA

Basada en La leyenda dorada de Santiago de la Vorágine

miércoles, 1 de junio de 2016

REPRESENTACIONES DE LA VIRGEN MARÍA

La Madre de Jesús, María, ha sido representada en numerosos países y en diferentes culturas como si Ella hubiera vivido en dicho país.
Veamos algunos ejemplos:
Virgen de Tailandia

Nuestra Señora de Haile Selassie (Etiopía)

La Virgen y el Niño estilo nativo americano (Estados Unidos)

Virgen negra de Czestochowa (Polonia)

Virgen de Pekín (China)

Nuestra Señora de Akita (Japón)

Asian Madonna (Japón)

Virgen de Guadalupe (Méjico)
Fuente: Aciprensa


sábado, 28 de mayo de 2016

MIS ZAPATOS

Aprendamos a vivir y convivir con lo que la vida nos regala todos los dias y disfrutemos lo hermoso de ella...

CUENTO: ANDROCLES Y EL LEÓN

Hace unos dos mil años, en la Antigua Roma, vivía un esclavo llamado Androcles. Su destino, como el de la mayoría de los esclavos, era luchar en el Coliseo a vida o muerte contra los leones.
El temido momento había llegado y esperaba su turno encerrado en una mazmorra de la que era imposible fugarse. Cuando parecía que ya no había más remedio que aceptar que era el fin, la suerte quiso que un soldado guardián se despistara y dejara abierto el cerrojo de la celda.  Androcles vio la oportunidad de escaparse…¡Y se escapó!
Aprovechó la noche para salir corriendo hacia el bosque, sin un lugar fijo a dónde dirigirse. Durante horas, protegido por la oscuridad, el pobre muchacho vagó de un lado a otro y se alimentó de las poquitas cosas comestibles que halló por el camino.
Casi amanecía cuando, de repente, vio un león que casi no podía moverse y gemía como un gatito. Aunque era grande y lucía una frondosa melena, no parecía un animal agresivo. Androcles se acercó a él manteniendo una distancia de seguridad y le preguntó por qué se quejaba.
– ¿Qué te sucede, amigo león? Es la primera vez que veo a una fiera como tú llorar amargamente.
– ¡Me encuentro muy mal! He pisado una espina grande y afilada que se me ha clavado en la pata. La herida sangra sin parar ¡Por favor, ayúdame, te lo suplico!
– Tranquilo, veré lo que puedo hacer.
Androcles se enterneció al ver al pobre león sufriendo. Si no le ayudaba, moriría desangrado. Se acercó venciendo el miedo y observó la pata con detenimiento. La verdad es que la herida tenía una pinta muy fea y debía actuar con rapidez. Arrancó un trozo de tela de su manga y se acercó a un pequeño manantial que brotaba a escasos metros. Mojó el tejido y regresó junto al león para limpiarle bien la herida de tierra y sangre. Después, buscó la espina y, con mucho cuidado, la extrajo con habilidad.
Para calmar el dolor y bajar la inflamación, utilizó como apósito sobre la zona lesionada unas hojas verdes mezcladas con barro ¡Era un viejo remedio que no solía fallar! Al cabo de un rato, el león se sintió muchísimo mejor.
– ¡No sé cómo agradecerte lo que has hecho por mí! ¡Me has salvado la vida!
– Bueno… ¡Es lo menos que podía hacer! Nadie se merece sufrir.
– Por favor, acompáñame a mi cueva. Allí tengo carne de sobra para los dos y me encantaría
compartirla contigo.
– ¡Gracias! En las últimas horas sólo he comido unas avellanas y estoy muerto de hambre.
El joven y el león se fueron juntos y disfrutaron de una apetitosa comida. Después, pasaron un rato estupendo hablando de sus vidas, muy diferentes pero parecidas en algunas cosas, hasta que llegó el momento en que Androcles tuvo que despedirse. Quería alejarse de la ciudad de Roma y buscar un lugar más seguro donde vivir.
Le dio un fuerte abrazo a su nuevo amigo y tomó un camino de adoquines que sabía que le llevaría a la costa ¡Quizá allí podría coger un barco rumbo a nuevas tierras!
Desgraciadamente, los soldados romanos le encontraron antes de llegar a ver el mar y le apresaron para que el emperador decidiera qué hacer con él. La única esperanza que le quedaba de ser libre se diluyó como un terrón de azúcar en un vaso de agua caliente.
El bueno de Androcles fue condenado nuevamente a enfrentarse en la arena con un león. Cuando llegó el fatídico día, esperó angustiado en su celda, pues sabía que ante una fiera, tenía todas las de perder. Desde allí escuchaba el tumulto de la gente sentada en las gradas. Un soldado fornido y con cara de pocos amigos le sacó a empujones y le condujo por un pasadizo húmedo y oscuro hasta que salió a la arena. Cegado por el sol, se colocó en el centro como le habían indicado.
Por una de las puertas del Coliseo, vio aparecer un enorme felino que rugía enseñando los colmillos, se aproximaba a él sin quitarle ojo y estudiaba cada mínimo movimiento que hacía. Androcles sintió que todo el cuerpo le temblaba como una torre de naipes ¡Era imposible vencer a ese animal! Pero a medida que se fue acercando, el león dejó de rugir y de su cara salió una sonrisa. Cuando estuvieron frente a frente,  el león se lanzó a sus brazos y comenzó a lamerle con cariño y a gritar su nombre.
– ¡Androcles, eres tú! ¡Qué alegría verte! ¡Mi querido Androcles!
– ¡Oh, amigo! ¡A ti también te han capturado! ¡Cuánto lo siento!…
– ¡No te preocupes, yo jamás te haría daño! Soy incapaz de verte como un enemigo, por mucho que quiera todo este gentío que nos rodea.
– ¡Ni yo a ti! ¡Sabes que te quiero muchísimo!
Androcles y el león seguían abrazados ante las miles de personas que asistían como público y que se habían quedado en absoluto silencio. El emperador, desde la tribuna, estaba pasmado y no daba crédito a lo que veía ¡Un león y un humano comportándose como dos íntimos amigos! Eso era algo realmente emocionante y debía ser premiado. Se levantó de su asiento y alzando la voz, gritó a todos los presentes:
– Por muchos espectáculos que veamos en este anfiteatro, jamás nada podrá compararse a lo que tenemos ante nuestros ojos. El amor que hay entre este esclavo y este león, me conmueve profundamente.
La voz del emperador retumbaba en todo el Coliseo. Tomó aire y continuó.
– ¡Como máximo mandatario del Imperio Romano, ordeno que ambos sean puestos en libertad para siempre!
Miles de hombres y mujeres se pusieron en pie y comenzaron a aplaudir efusivamente. Androcles  y el león comenzaron a llorar emocionados y abandonaron el Coliseo camino de su libertad.
A partir de ese día, el león regresó a una zona segura del bosque junto a sus congéneres y Androcles se fue a vivir a una modesta casita donde formó una familia y fue muy feliz. El tiempo no les distanció: siguieron viéndose a menudo y su amistad duró eternamente.

Enseñanza: Los buenos actos siempre son recompensados y los amigos, sin son de verdad, lo son para siempre, sean cuales sean las circunstancias.

Autor: Esopo.



¿Has encontrado alguna diferencia entre el cuento escrito y el del vídeo?

jueves, 19 de mayo de 2016

CUENTO: EL DON DE SER DIFERENTE O EL CÁNTARO ROTO

En una aldea situada en un desierto, vivía un hombre que cada mañana traía agua desde un manantial ubicado a unos pocos kilómetros de distancia.
Colocaba dos grandes cántaros a ambos lados de una gruesa barra de madera que, a su vez, apoyaba en sus hombros. Y así comenzaba un camino que siempre era el mismo.
Tardaba más o menos una hora en llegar hasta el manantial. Una vez allí, se sentaba un rato a descansar y después llenaba los dos cántaros para iniciar el regreso.

Aunque eran parecidos, había una diferencia importante entre ambos recipientes. Uno cumplía a la perfección su trabajo, pues mantenía toda su agua intacta durante el trayecto. En cambio, el otro, debido a una pequeña herida en uno de sus costados, iba perdiendo agua durante el regreso; tanta que, al llegar de nuevo a la aldea, había perdido la mitad de su contenido.

Este último cántaro, conforme pasaban los días, se sentía cada vez más y más triste, pues sabía que no estaba cumpliendo con su trabajo. Y aun así no entendía por qué su dueño no lo arreglaba o, directamente, lo sustituía por otro. “Quizás”, pensaba, “esté esperando el momento en que me rompa totalmente para cambiarme por uno más nuevo”.

Llegó el día en que ya no pudo aguantar más y, aprovechando, que el aguador lo abrazaba entre sus manos para llenarlo de agua, se dirigió a él:
-Me siento culpable por hacerte perder tiempo y esfuerzo. Te pido que me abandones y me cambies por otro más nuevo, pues ya ves que soy incapaz de servirte como debiera.
-¿Qué? -contestó el aguador, extrañado-. No te entiendo, ¿por qué dices que no me sirves?
-Acaso no te has dado cuenta de que estoy roto y voy perdiendo la mitad del agua durante el camino de vuelta.

El aguador, conmovido, mostró una pequeña sonrisa, la abrazó junto a su pecho y le dijo en voz baja:
-No eres mejor ni peor, simplemente eres diferente y justamente por eso te necesito.
El cántaro no entendía nada.
-Mira, vamos a hacer una cosa -le contestó el aguador-. Hoy, durante el trayecto de vuelta quiero que te fijes bien a qué lado del camino crecen flores.

Este texto es una adaptación de un cuento popular y está extraído del libro: Cuentos para entender el mundo. Eloy Moreno