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lunes, 14 de noviembre de 2016

CUÉNTAME... EL PAQUETE DE GALLETAS

Una señora llegó a una estación, compró una revista, una botella de agua y un paquetede galletas, y se dispuso a esperar el tren sentada en un banco del andén. Mientras ojeaba la revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario. De pronto, la señora observó como aquel muchacho, sin decir una sola palabra, agarraba el paquete de galletas, lo abría y comenzaba a comerlas una a una, despreocupadamente. La mujer se molestó por esto, pero no deseaba ser grosera. No quería dejar pasar aquella situación como si nada hubiera pasado ; así que, con un gesto exagerado, cogió una galleta, la exhibió ante el joven y se la comió mirándolo fijamente a los ojos. Como respuesta, el joven tomó otra galleta y mirándola la puso en su boca y sonrió. La señora, ya enojada tomó una nueva galleta y la volvió a comer, manteniendo la mirada en el muchacho. La situación continuó: la señora cada vez más irritada y el muchacho cada vez más sonriente.
Finalmente, la señora se dio cuenta de que en el paquete solo quedaba la última galleta. "No podrá ser tan descarado", pensó mientras miraba al joven y al paquete de galletas. El joven alargó la mano, tomó la última galleta, y con mucha suavidad, la partió en dos y ofreció a la señora una mitad. "Gracias", dijo la mujer con cierta ironía. "De nada", contestó el joven sonriendo suavemente mientras comía su mitad.
Entonces el tren anunció su partida... La señora se levantó furiosa del banco y subió al vagón. Al arrancar el tren vio al muchacho todavía sentado en el andén y pensó: "¡Qué insolente, qué mal educado, qué será de este mundo con esta juventud!". Sin dejar de mirar con resentimiento al joven, sintió la boca reseca. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó totalmente sorprendida cuando encontró, dentro de él su paquete de galletas intacto.

domingo, 13 de noviembre de 2016

CUÉNTAME... Y NO TE OLVIDES DE LO IMPORTANTE.

Cuenta la leyenda que una mujer pobre con un niño en los brazos, pasando delante de una gruta escuchó una voz misteriosa que desde dentro le decía:
"Entra y toma lo que desees, pero no te olvides de lo importante. Pero recuerda algo: después que salgas, la puerta se cerrará para siempre. Por lo tanto aprovecha la oportunidad y no te olvides de lo principal..."
La mujer entró en la gruta y encontró muchas riquezas. Fascinada por el oro y por las joyas, puso a su hijo en el suelo y empezó a juntar, ansiosamente, todo lo que podía en su delantal.
La voz misteriosa habó nuevamente: "Tienes solo ocho minutos".
Agotados los ocho minutos, la mujer cargada de oro y piedras preciosas, corrió hacia afuera de la cueva y la puerta se cerró... Recordó, entonces, que el niño quedó dentro y la puerta estaba cerrada para siempre.
La riqueza duró poco y la desesperación... para el resto de su vida.
Lo mismo ocurre, a veces, con nosotros. Tenemos unos años para vivir, y una voz siempre nos advierte: "Y no te olvides de lo principal"
Y lo principal son los valores, la familia, los amigos, la vida, el compromiso cristiano.... Pero la ganancia, la riqueza... nos fascinan tanto que lo principal -a veces- queda en un plano secundario.

sábado, 12 de noviembre de 2016

CUÉNTAME... EL CORRO DE LA FELICIDAD

Un campesino llamó a la puerta de un convento. Cuando el hermano portero le abrió, el campesino le enseñó un magnífico racimo de uvas y le dijo:
-¿Sabes para quien he traído este magnífico racimo de uvas?
-Quizás para el abad o para algún padre del convento.
-No, para ti. Te lo regalo porque te has portado siempre conmigo como un amigo y me has ayudado siempre que te lo he pedido. Quiero que este racimo te de un poco de alegría.
La alegría sencilla que brotaba en el rostro del hermano portero se reflejaba también en el campesino.
El hermano portero colgó el racimo bien a la vista y lo estuvo contemplando toda la mañana. De repente pensó que se lo debería de regalar al abad. El abad se alegró pero se acordó del fraile anciano que estaba enfermo y pensó: "Le llevaré el racimo, así se aliviará un poco". El racimo de uvas pasó a otras manos. El fraile enfermo, cuando lo tuvo, pensó que el racimo sería una delicia para el hermano cocinero, que pasaba todo el día en la cocina haciendo la comida para todos, y se lo hizo llegar. Pero el hermano cocinero se lo regaló al hermano sacristán, por darle un poco de gusto también a él. Y este se lo llevó al hermano más joven del convento, que se lo pasó a otro, y este a otro, hasta que, de fraile en fraile, el racimo de uvas volvió al hermano portero para alegrarle la vida también a él.
Así se completó el corro de la felicidad.

martes, 8 de noviembre de 2016

CUÉNTAME... VENCIÓ EL AMOR

Durante la invasión de los ejércitos de Napoleón en España, el jefe de una partida de guerrilleros españoles cayó prisionero del general Dupont. Lo encerraron en el sótano del Ayuntamiento de un pueblecito de Andalucía, habilitado como prisión, en espera de fusilarlo al amanecer del día siguiente. 
Dos mujeres llegaron a la presencia del general francés y le suplicaron que las dejara ver al prisionero.
El general dio permiso con la condición de que entrase primero una y luego la otra. Seguidamente llamó a un oficial que sabía castellano y le ordenó que escuchara en otra habitación lo que hablaban.
Entró la más joven, que era la esposa del prisionero. Al verla éste, dijo con ternura:"A qué vienes, María?". Ella le dijo: "¡Vengo a morir contigo! Ante el altar de la iglesia de nuestro pueblo juramos amarnos para siempre. Los dos somos uno y por eso quiero acompañarte hasta la muerte".
El oficial francés informó al general del diálogo del prisionero con su esposa. Éste, asombrado, dijo con seriedad que la trataran con respeto.
Cuando entró la segunda mujer, el prisionero dijo emocionado:"¡Madre!". La valiente mujer le dijo: "Vengo a salvarte". Quería que su hijo se vistiese con sus ropas y huyera dejando a ella en su lugar. El hijo le dijo que aquello era imposible.
El oficial se lo contó al general. El general preguntó: "¿Qué mujer es esa?". "Es su madre", respondió el oficial.
El general se sintió abrumado ante tanto amor y dijo al oficial: "Dile a esas dos mujeres que salgan y que el prisionero las acompañe libremente".
Al amanecer del día siguiente no hubo fusilamiento. El prisionero salió libre de la prisión militar.